Por: La Redacción.

Tultitlán, Edomex., a 29 de marzo del 2026.- Anaid Belén García Alfaro lo advirtió en sus redes sociales, lo gritó en videos y lo asentó en denuncias formales ante el Ministerio Público: la iban a matar. Seis días después de que se activara su ficha de búsqueda, el desenlace que ella misma intentó evitar se confirmó: la activista y rescatista de animales fue asesinada en el Estado de México, dejando en evidencia la inoperancia de un sistema de protección que llegó, una vez más, demasiado tarde.

A sus 37 años, Anaid era un referente en la colonia Sierra de Guadalupe. No solo rescataba perros en situación de abandono, sino que los protegía de un entorno hostil que terminó por alcanzarla a ella. Durante meses, la activista documentó una campaña de terror en su contra: envenenamiento de sus perros, agresiones físicas y amenazas de muerte directas.

A pesar de que Anaid señaló con nombre y apellido a sus presuntos agresores desde noviembre de 2024, las autoridades mexiquenses se limitaron a observar la escalada de violencia sin activar protocolos de protección efectivos.

«No quiero ser un número más», escribió Anaid en una de sus últimas publicaciones. Su caso no es solo un asesinato; es la crónica de una omisión institucional. La Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM) halló su cuerpo el pasado 25 de marzo, tras haber sido vista por última vez el día 19.

Para los colectivos animalistas y defensores de derechos humanos, la muerte de Anaid es un mensaje de vulnerabilidad para quienes trabajan de forma independiente. Sin presupuesto oficial y bajo el constante acoso de quienes ven en el rescate animal un estorbo, los activistas se han convertido en blancos móviles.

Hoy, la indignación desborda las redes sociales. Ciudadanos y organizaciones exigen que el crimen no quede en la estadística de la impunidad. El asesinato de Anaid Belén García Alfaro obliga a cuestionar: ¿Cuántas denuncias y cuántos videos de evidencia son necesarios para que una mujer reciba protección real en este país?

Por ahora, en Tultitlán, el silencio solo es interrumpido por el ladrido de los perros que Anaid dejó atrás; los mismos que ella salvó, pero que no pudieron salvarla a ella de la indiferencia del Estado.