Por: Sandra Dueñes Monárrez.

Ciudad de México., a 11 de junio del 2026.- En el corazón de la capital, el 11 de junio de 2026, el aire se cargó de dos energías incompatibles. Por un lado, la efervescencia de una multitud que celebraba el inicio de la Copa del Mundo; por el otro, el paso silencioso, pero firme, de quienes caminaban con los rostros de sus desaparecidos cosidos al pecho.

El Fan Fest del Zócalo, blindado para la fiesta, se convirtió por unas horas en un espacio de resistencia donde integrantes de colectivos provenientes de once estados del país burlaron la invisibilidad al ingresar por el acceso de 20 de Noviembre. No llevaban banderas de naciones, sino lonas con expedientes y playeras de la Selección Nacional intervenidas con las fotografías de hijos, hermanos y padres ausentes.

Héctor Flores, del colectivo Luz de Esperanza Desaparecidos Jalisco, tomó la palabra frente a una audiencia que, en su mayoría, solo tenía ojos para las pantallas gigantes. Su voz no era la de un espectador, sino la de un padre que busca a su hijo, Héctor Daniel, desaparecido desde 2021.

“No estamos en contra del Mundial, sólo queremos recurrir a los medios internacionales para informar que en México están ocurriendo delitos de lesa humanidad”, declaró Flores. Sus palabras, lanzadas en medio de la euforia deportiva, buscaban romper el cerco mediático que suele imponerse en eventos de esta magnitud.

Por su parte, Bibiana Mendoza, vocera de 84 buscadoras del colectivo Hasta Encontrarte Guanajuato, observaba el contraste con claridad meridiana. Para ella, la protesta no era solo simbólica, era una denuncia urgente contra una narrativa gubernamental que intenta vender a los extranjeros un «México perfecto».

La realidad, documentada por las familias, se impone por su peso trágico:

  • La cifra de personas desaparecidas en territorio nacional ha superado la barrera de las 135 mil
  • El sistema forense colapsa bajo el peso de más de 70 mil cuerpos que esperan ser identificados en una incertidumbre eterna.
  • A esta crisis se suma el desplazamiento forzado de pueblos indígenas y la ejecución de mujeres buscadoras, quienes han pagado con su vida el atrevimiento de preguntar por los suyos.

La jornada en el Zócalo fue un ejercicio de memoria en el país del olvido. Mientras los cánticos de apoyo a la Selección rebotaban en las paredes del centro histórico, los colectivos de estados como Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y Quintana Roo recordaron que, para miles de familias mexicanas, la vida se detuvo en el momento en que sus seres queridos fueron arrebatados.

La intervención no logró detener el partido, pero sí dejó una marca indeleble: la certeza de que, mientras México sea un país donde la desaparición es una constante, ninguna fiesta será completa mientras falte alguien en la mesa.