
Por: La Redacción.
Chihuahua, Chih., a 10 de abril del 2026.- En el hangar de la Fuerza Aérea Mexicana, el eco del pasado suena a turbinas oxidadas. En 1982, entre el júbilo nacionalista y el rugido del acero, México adquirió 12 cazas supersónicos Northrop F-5. Eran el símbolo de una soberanía blindada. Hoy, casi medio siglo después, la realidad es un aterrizaje forzoso: solo quedan nueve unidades y, según el General Román Carmona Landa, apenas tres tienen capacidad de operar.
Tres aviones para 130 millones de habitantes. Mientras Brasil despliega 47 y Chile 46, México parece haber renunciado a la letalidad aérea. Esta cifra no es solo una estadística; es el síntoma de una doctrina militar que hoy, frente a una guerra interna contra el narco que no da tregua, muestra sus costuras más débiles.
¿Por qué México tiene un ejército sin tanques pesados y con una aviación anacrónica? La respuesta no está en el presupuesto, sino en la geografía. “México no tiene enemigos en el vecindario”, explica el politólogo Raúl Benítez-Manaut. Con un vecino al norte demasiado grande y uno al sur demasiado chico, el incentivo para construir una capacidad letal convencional nunca existió.
Sin embargo, esta «debilidad» ha sido tutelada. En 1981, cuando México intentó comprar 24 cazas Kfir a Israel, Washington aplicó un veto fulminante: el motor era estadounidense y la venta «alteraría el equilibrio regional». El mensaje fue claro: México debe tener fuerza para controlar su orden interno, pero no la suficiente para ser una potencia militar autónoma.
El antropólogo Joel Trujillo define a las Fuerzas Armadas con una frase que parece sacada de un guion de Cantinflas: “No es ni nuevo ni viejo, sino todo lo contrario”.
Dentro de la institución cohabitan dos mundos. Por un lado, una tropa formada en 120 días que bromea con vivir en el “piedróico” (la edad de piedra), desgastada por patrullajes interminables y rostros cubiertos con pasamontañas —no para intimidar, sino para evitar que el narco identifique a sus familias—. Por otro, una élite de oficiales formados en colegios internacionales, expertos en inteligencia y manuales europeos.
Esta desigualdad interna se traduce en el campo de batalla. En enero pasado, tras la caída de «El Mencho», la respuesta criminal sitió 20 estados. El golpe de precisión demostró que la inteligencia funciona, pero la falta de capacidad de despliegue territorial dejó al país ardiendo bajo narcobloqueos. El Estado ganó la batalla, pero perdió el control del terreno.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum y el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, la presión sobre el Ejército ha mutado. Si con AMLO los militares cambiaron los fusiles por palas para construir trenes y aeropuertos (el gasto militar subió un 39% en 2024, pero destinado a ladrillos, no a balas), hoy la estrategia de «atender las causas» convive con una militarización administrativa sin precedentes.
Sheinbaum defiende a sus «hombres y mujeres extraordinarios» como garantía de independencia, pero los expertos son escépticos. “Llevamos 25 años viéndolos como la solución, cuando en realidad son parte del problema”, sentencia el abogado Erubiel Tirado. Para él, el Ejército ha pasado de servir a la agenda presidencial a quedar, en muchos casos, al servicio de poderes políticos locales, sin rendir cuentas a nadie.
El nombramiento de Omar García Harfuch y el empoderamiento de la Guardia Nacional sugieren un retorno a la «mano dura» tecnificada. Se espera que entre 2026 y 2027 el presupuesto para equipamiento militar finalmente aumente tras siete años de sequía.
No obstante, el diagnóstico de Benítez-Manaut es lapidario: más que falta de fuerza bruta, el Ejército sufre un déficit de inteligencia civil y financiera. Mientras no se toque la estructura de la narcopolítica, cualquier despliegue de tropas será un esfuerzo estéril.
México no tiene un ejército para la guerra convencional porque no tiene enemigos externos. Pero la guerra interna ha vuelto a escalar, y el país se encuentra con una institución que sabe administrar aduanas y construir vías férreas, pero que sigue patrullando con el rostro cubierto, temiendo que el enemigo de enfrente sepa dónde vive su familia.
La pregunta queda en el aire: ¿Puede un ejército «anacrónico y moderno» librar una guerra del siglo XXI con manuales del siglo XX y aviones que apenas pueden despegar?






