
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Chihuahua, Chih., a 6 de marzo del 2026.-Hay noticias que se leen con el estómago apretado, no solo por la estadística de la violencia, sino por el simbolismo de la degradación social. El reciente hallazgo de un campamento criminal dentro de una escuela primaria en la comunidad de Chorreras, en Ojinaga, es el punto de quiebre que nos obliga a preguntarnos: ¿en qué momento permitimos que el aula se convirtiera en trinchera?
Que la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE) haya localizado chalecos tácticos, municiones y camionetas robadas en Estados Unidos —como una Toyota Tundra y una Chevrolet— es un resultado operativo. Pero que esos objetos de guerra estuvieran «descansando» entre pizarrones y pupitres es una derrota moral para nuestra sociedad.
La escuela, ese espacio que debería ser el refugio más sagrado de una comunidad, el lugar donde se construye el futuro de Chihuahua, fue profanada para servir de dormitorio y centro logístico a quienes solo siembran miedo. Es el colmo del cinismo. Los criminales ya no solo se esconden en las brechas o en las montañas; ahora invaden los salones de clase donde nuestros niños deberían estar aprendiendo a leer, no viendo cómo se apilan los «poncha llantas» y las dosis de marihuana.
Este incidente en Ojinaga desnuda una realidad incómoda que el discurso oficial de «resultados con seguridad» no alcanza a cubrir. La delincuencia organizada en la frontera ha perdido cualquier rastro de código o respeto. Para ellos, una primaria es solo un punto estratégico con techo; para nosotros, es el último bastión de esperanza que nos queda.
Mientras las familias en las zonas rurales viven bajo el asedio y el despojo de sus herramientas de trabajo —esas camionetas de alta gama que terminan siendo el «combustible» de los narcobloqueos—, el ver una escuela convertida en campamento nos dice que el tejido social está más que roto; está siendo pisoteado.
No podemos normalizar que las botas militares y tácticas caminen por donde deberían correr los zapatos escolares. La recuperación de vehículos robados es necesaria, pero la recuperación de nuestros espacios públicos y educativos es urgente. Porque si permitimos que el estruendo de los casquillos sustituya al sonido de la campana escolar, habremos perdido mucho más que una batalla por la seguridad; habremos perdido el futuro.
Hoy, la pluma se siente más pesada que nunca, porque duele escribir sobre una primaria que, por unos días, dejó de ser escuela para ser guarida. En Chihuahua, el aula no se toca. O al menos, eso es lo que nos gustaría seguir creyendo.






