
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Chihuahua, Chih., a 15 de marzo del 2026.- Hoy “Plumas Rotas” no solo busca dar voz a aquellas mujeres que, a lo largo de su vida, han sido “anuladas” por la violencia silenciosa de la misoginia. Aunque el mes de marzo llegó como cada año con una marea de flores y discursos de igualdad, detrás de la escenografía del “Día de la Mujer” persiste la violencia silenciosa y estructural que opera en los rincones más oscuros y cotidianos: el núcleo de la familia. Es ahí donde las cámaras no llegan y donde el dolor se vuelve doméstico.
La misoginia del siglo XXI ya no siempre grita, ni se visibiliza como lo hacía antes. Hoy, los «moretones» y los golpes son al alma; funcionan como un gancho directo para menoscabar la dignidad de mujeres, niñas y adolescentes. En medio del caos de esta violencia, muchas quedan suspendidas en el vacío, preguntándose qué hicieron mal, como si haber nacido mujer fuese el mayor de los pecados.
Nacer en un mundo de hombres, en una “familia” que intenta destrozar tu dignidad, convierte el simple acto de romper el silencio en una batalla agotadora. Es una violencia que se manifiesta en lo cotidiano: en el desplante, en la invisibilidad y en actitudes normalizadas que buscan la anulación total. Romper ese ciclo no es solo una decisión, es un acto de supervivencia y valentía frente a quienes pretenden que tu voz no exista.
Es esa cultura la que permite que un hombre sea “la voz cantante” por el simple hecho de serlo, mientras la inteligencia de la mujer y su valor son reducidos a una obligación invisible. En pleno 2026, seguimos luchando no solo por espacios públicos, sino por el derecho básico a existir y ser reconocidas en nuestra propia historia.
Es una ironía dolorosa que nos remonta a una realidad estremecedora: el éxito no se gesta en el reconocimiento de quienes te han invisibilizado, sino en el valor que, como mujer, generas al enfrentar los retos de la vida. Pero, sobre todo, al enfrentar a esos mismos agresores silenciosos que, por un lado, te abrazan y te dan el pésame, mientras por el otro intentan destruir tu dignidad y tu valor.
Al final, la mujer que soy, no necesita el permiso de quienes nunca tuvieron la capacidad de verme. Mi historia la escribo yo.






