Por: Sandra Dueñes Monárrez.

Chihuahua, Chih., a 3 de abril del 2026.- México ha perfeccionado el arte de la contradicción dolorosa. Mientras en los salones de mármol y en los comunicados de «papel cuché» se habla de «transformaciones estructurales» y de «rigor jurídico», en los desiertos de Chihuahua y en los cerros de Jalisco el lenguaje es otro: es el metal de la pala chocando contra la tierra seca, buscando un trozo de tela, un hueso, una verdad que el Estado insiste en maquillar.

Esta semana, el espejo internacional nos devolvió una imagen que el Gobierno se apresuró a romper. El Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada soltó un mazo de realidad: México es el epicentro mundial de las ausencias urgentes. No lo dice la oposición, no lo dice un «interés creado»; lo dicen los 819 expedientes que gritan desde Ginebra porque en las fiscalías mexicanas solo encontraron polvo y carpetas cerradas.

La respuesta oficial fue un portazo de seda. Calificaron el informe de “tendencioso”. Dijeron que la ONU “se excede”. Argumentaron que las cifras están «sucias» porque mezclan el horror del pasado con el presente. Pero, ¿cómo se le explica eso a la madre que ayer, en pleno 2026, vio cómo hombres con uniformes tácticos se llevaban a su hijo? ¿Cómo se le dice «falta de rigor jurídico» a una mujer que ha aprendido más de antropología forense escarbando fosas que los peritos en sus laboratorios delas fiscalías?

Duele el informe, pero duele más la soberbia de la respuesta. Negar la magnitud de la tragedia no la desaparece; solo la hace más profunda. El informe de la ONU revela una mutación perversa: ahora van por las niñas, van por las mujeres, y la sombra de la Guardia Nacional aparece en los testimonios como un fantasma que debería cuidarnos y, en cambio, nos aterra.

El Gobierno dice que «no tolera» las desapariciones. Pero la tolerancia no solo es dar la orden; la tolerancia es la omisión, es el presupuesto recortado a las comisiones de búsqueda, es el censo que intenta «borrar» desaparecidos para que las cuentas cuadren, es dejar que las madres buscadoras caminen solas, bajo el sol y la amenaza de las balas, haciendo el trabajo que el Estado abdicó.

Desaparecer en México es morir dos veces: la primera cuando te llevan, y la segunda cuando la narrativa oficial decide que tu ausencia es un «error estadístico» o un «ataque al gobierno».

Hoy, mientras el país debate si la ONU tiene o no la razón técnica, hay miles de familias que no tienen tiempo para semántica. Para ellas, la patria no es una bandera, ni un discurso; la patria es el pedazo de tierra que hoy van a remover con la esperanza de encontrar, al menos, un lugar donde llorar.

Ojalá que este informe de la ONU no termine en un archivo muerto. Ojalá que la respuesta del Gobierno no sea solo un escudo de palabras. Porque mientras sigan faltando ellos, nos falta todo. Y mientras el Estado siga peleando con los mensajeros en lugar de buscar a sus hijos, las «plumas» de la justicia seguirán rotas, y el alma de México, desangrándose en el silencio.