
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Guadalupe y Calvo, Chih., a 24 de abril del 2026.-En las profundidades de la Sierra Madre Occidental, donde el viento de Baborigame acaricia la precariedad, la salud se ha convertido en un privilegio de azar y no en un derecho humano. Aquí, entre la población indígena y mestiza, el tiempo no se mide en horas, sino en la distancia que un padre debe caminar cargando a su hijo enfermo para llegar a una clínica que, con una consistencia cruel, solo ofrece anaqueles vacíos y puertas cerradas.
A pesar de las promesas oficiales y los repetidos llamados de auxilio, Baborigame permanece en un estado de excepción sanitaria. La clínica local, corazón de la esperanza para cientos de familias, opera bajo un sistema de «parches». Los médicos van y vienen; un doctor aparece dos días a la semana sin contrato formal, mientras que la brigada de MediChihuahua llega con el calendario contado: aparece el día 5, pero para el 20 del mes, el consultorio vuelve a ser un cascarón vacío.
Dentro del complejo de salud en la Sierra, el CERENAM se levanta con sus muros en tonos rosa y morado, colores que en teoría deberían simbolizar refugio y maternidad, pero que en la práctica albergan una carencia silenciosa.
Aunque el centro ofrece alimento para las madres, la realidad se vuelve crítica al mirar las cunas: la fórmula para bebés es un recurso inexistente. En este rincón de Chihuahua, el Estado parece olvidar que el hambre no discrimina edades, dejando a los recién nacidos en una vulnerabilidad extrema mientras sus madres, aunque alimentadas, enfrentan la angustia de ver los biberones vacíos bajo un techo institucional que se queda a medias.
La solidaridad de los chihuahuenses, que en febrero llenó de medicinas el dispensario, ha llegado a su límite natural. Hoy, los sueros y desparasitantes se han agotado. Para una madre que camina horas bajo el sol con un niño en brazos, el diagnóstico es siempre el mismo: «no hay».

El rigor periodístico obliga a ponerle rostro a la estadística. Como el caso de un niño de apenas tres años, cuya fiebre de 38 grados y convulsiones fueron recibidas por una caravana de salud con una frase que resume la burocracia de la tragedia: «no nos toca». El menor terminó internado en Guadalupe y Calvo, pero sin seguimiento, la enfermedad volvió a su cuerpo.
El abandono llega a su punto más inhumano en el nacimiento. En Baborigame, es común que las mujeres den a luz en la banqueta, sobre el cemento frío de la clínica cerrada. Es la imagen más cruda de una soberanía que se presume en los discursos, pero que se ausenta en los partos.
Mientras la población agoniza entre Los Otates y San Juan, las instituciones han construido un laberinto de excusas. El IMSS-Bienestar, encargado de la clínica rural, y la Secretaría de Salud estatal (Servicios de Salud y MediChihuahua) parecen estar enfrascados en una disputa competencial donde la única certeza es la vulnerabilidad del ciudadano.
Llegar a la cabecera municipal o a Guachochi es, para muchos, una imposibilidad financiera. Los traslados de 2 mil pesos son una fortuna inalcanzable para quienes lo han perdido todo, menos la dignidad de exigir lo que la Constitución les manda: servicios de salud con pertinencia cultural y suficiencia médica.
Organizaciones civiles y pobladores hacen un llamado urgente a los tres niveles de gobierno. No se pide caridad, se exige el cumplimiento del deber constitucional. Sin embargo, ante la urgencia alarmante, la comunidad apela nuevamente a la «buena conciencia» de la sociedad civil para donar medicamentos, sueros y material de curación.
En Baborigame, la supervivencia no debería depender de la generosidad de extraños, sino de la estructura de un Estado que jura proteger a sus comunidades más ancestrales, pero que hoy, les da la espalda en su hora más oscura.






