Por: La Redacción.

Chilapa de Álvarez, Guerrero., a 12 de mayo del 2026.- El terror en la Sierra Madre del Sur ya no solo llega por tierra; ahora cae del cielo, pues desde el pasado 6 de mayo, el zumbido de los drones en las comunidades de Tula, Xicotlán y Acahuetán no anuncia tecnología, sino muerte. El grupo criminal «Los Ardillos» ha desplegado una ofensiva de bombardeos aéreos y ráfagas de alto calibre que ha forzado el éxodo de casi mil familias indígenas, transformando pueblos nahuas en escenarios de una guerra asimétrica ante el silencio absoluto del Estado mexicano.

El conflicto no es nuevo, pero la táctica sí. Según denuncias del Congreso Nacional Indígena (CNI), el uso de drones cargados con explosivos ha quebrado la resistencia de las comunidades que se niegan a cumplir un mandato ancestral del narco: la siembra de amapola. En esta región de Guerrero, el control territorial de «Los Ardillos» busca someter la autonomía indígena para expandir sus rutas de producción, utilizando el desplazamiento forzado como una herramienta de limpieza social.

“Huyeron mujeres, niños y ancianos. Lo dejaron todo para no morir bajo las bombas”, relatan defensores de derechos humanos. Los testimonios describen una cacería humana donde la población civil es el objetivo principal de una organización que, según abogados agrarios, opera bajo un manto de impunidad que llega hasta las oficinas gubernamentales.

La tragedia de Chilapa no solo radica en la violencia de los agresores, sino en la inacción de quienes juraron proteger a la ciudadanía. El CNI y el CIPOG-EZ han señalado una alarmante «omisión coordinada». Mientras las explosiones sacudían las viviendas de madera y adobe, los destacamentos del Ejército y la Guardia Nacional permanecieron inmóviles, a pesar de los gritos de auxilio de los pobladores.

Carlos González García, integrante del CNI, apunta a una colusión institucional que llega a la alcaldía de Chilapa, sugiriendo vínculos familiares entre el liderazgo del grupo criminal y el poder político local. Esta red de protección explicaría por qué, mientras los drones sobrevuelan y los fusiles disparan, las instituciones del Estado mexicano se limitan a observar desde la distancia, permitiendo que la geografía de Guerrero sea redibujada por el desplazamiento y el miedo.

Este nuevo capítulo de violencia en Guerrero se suma a la estadística nacional de una crisis que parece no tener techo. Para los nahuas de la sierra, la soberanía nacional es un concepto vacío cuando el cielo pertenece a los drones del narco y la tierra solo se puede habitar bajo el yugo de la amapola. Hoy, Chilapa es el recordatorio de que, en las zonas profundas de México, la ley no la dicta la Constitución, sino quien controla el aire.