
Por: Estela Melka Ben-Ami.
La Habana, Cuba., a 6 de mayo del 2026.- Mientras las luces se apagan en las calles de La Habana, una nueva tormenta diplomática se gesta en el estrecho de la Florida. El gobierno de Cuba ha elevado el tono ante la comunidad internacional, calificando como “crímenes de guerra” y “actos genocidas” la más reciente batería de sanciones impuestas por la administración de Donald Trump. No se trata solo de retórica política; es el grito de una isla que ve cómo el endurecimiento del embargo energético amenaza con paralizar los servicios más básicos de su población.
La firma de nuevas órdenes ejecutivas en Washington ha establecido un cerco casi total. El esquema de aranceles contra países suministradores de crudo y las sanciones secundarias a empresas extranjeras han sido interpretados por el canciller Bruno Rodríguez no solo como una medida económica, sino como una “estrategia de devastación”.
Para el ciudadano común, el impacto no se mide en términos macroeconómicos, sino en horas de oscuridad y transporte paralizado. La interrupción de los suministros desde Venezuela, agravada por el bloqueo naval de facto que impone el Departamento del Tesoro, ha dejado a la red eléctrica cubana en una situación de vulnerabilidad sin precedentes en la última década.
«Resulta cínico criticar la situación interna de un país mientras se le intenta asfixiar económicamente durante décadas», señaló Rodríguez. El Washington de Trump, por su parte, justifica estas medidas como una necesidad de seguridad nacional, exigiendo reformas que La Habana tacha de «condicionamientos soberanos inaceptables».
Sin embargo, el enfoque crítico-humanista obliga a preguntar: ¿en qué punto la presión política sobre un régimen se convierte en un castigo colectivo contra un pueblo? Las sanciones actuales no solo bloquean activos; bloquean la posibilidad de mantener hospitales funcionando y alimentos refrigerados.
Expertos internacionales coinciden en que la estrategia de «máxima presión» ha logrado su objetivo de agravar la escasez, pero está lejos de forzar una negociación. Mientras las declaraciones desde la Casa Blanca sugieren acciones aún más contundentes, en la isla la resiliencia se mezcla con el agotamiento.
A pesar de que existen canales diplomáticos abiertos, el silencio sobre avances concretos sugiere que ambas naciones están atrapadas en una guerra de desgaste donde el tablero es la economía de la isla y las piezas de cambio son, como siempre, los civiles que intentan sobrevivir al próximo apagón.






