
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Chihuahua, Chih., a 26 de abril del 2026.- Hay una verdad que el Palacio de Gobierno intenta enterrar bajo el desgastado argumento del «infortunio», pero en las barrancas de la Sierra Tarahumara la verdad siempre termina por flotar, aunque venga manchada de sangre. Lo ocurrido en El Pinal con los agentes estadounidenses no es solo una bofetada a la soberanía nacional; es, sobre todo, la confirmación de una negligencia que raya en lo criminal.
Cualquiera que haya pisado la Sierra sabe que ahí el tiempo y la vida se miden distinto. Los que andamos en este oficio lo entendemos por instinto: cuando un periodista extranjero llega con la idea romántica de internarse en esas tierras, nosotros somos los primeros en ponerle el alto. ¿Por qué? Porque conocemos el riesgo, porque sabemos que la zona está operada por los dueños del silencio y porque en Chihuahua, la noche no es amiga de nadie en el camino.
Si nosotros, con una libreta y una cámara, tenemos esa pizca de sentido común, ¿qué diablos estaban pensando en la Fiscalía General del Estado y la Agencia Estatal de Investigación (AEI)? Llevar a agentes extranjeros a un operativo en el corazón de la Sierra y permitir que los alcanzara la oscuridad es una irresponsabilidad que no tiene nombre. No se trata solo de la entrada ilegal de agentes de la CIA; se trata de quién en el gobierno de María Eugenia Campos Galván les firmó el pase de entrada al infierno.
¿Quién fue el estratega de escritorio que ignoró que en esas barrancas los caminos no son rutas y que cada sombra tiene dueño? Llevarlos ahí, a esas horas, fue mandarlos directamente al matadero.
En este tablero de ajedrez sangriento, todos parecen haber olvidado a esos cuatro policías y a los miles de soldados que han sido asesinados en cumplimiento de una orden sin rostro. También se han olvidado de otra tragedia que al final involucra a aquellos jóvenes reclutados por los carteles de la droga quienes al igual que los policías terminan terminan en el matadero de una guerra que no pidieron luchar, cooptados por el hambre, el miedo o la falta de opciones.
Es la gran tragedia de nuestro estado y de nuestro México. Y mientras la sangre corre en la barranca, en los caminos y en esos enfrentamientos entre policias y sicarios, quienes dejaron crecer al monstruo del narcotráfico y se beneficiaron de él, hoy pretenden controlarlo desde la comodidad del poder, negociando en lo oscurito mientras sacrifican vidas que para ellos solo son estadísticas desechables.
En la Sierra no hay accidentes cuando se cometen errores de primaria. Hay responsables. Y esos responsables hoy duermen tranquilos, en tanto que la soberanía y la seguridad de Chihuahua se desangra en una barranca.
Porque cuando la soberbia sustituye a la rendición de cuentas, lo único que queda no es justicia, sino la confirmación de que la vida humana sigue siendo la moneda de cambio más barata en el mercado del poder de cualquier que sea su color…






