
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Oaxaca, Oax., a 30 de marzo del 2026.- En un mundo donde los derechos ganados parecen estar bajo asedio, la voz de Guillermina Edith Juárez Leyva surge desde las comunidades zapotecas de Oaxaca no solo como una activista, sino como una guardiana de la memoria. Fundadora de Mano Vuelta AC, Guillermina lidera una batalla que mezcla la justicia reproductiva con el antirracismo y la cosmovisión indígena.
El nombre de su organización no es casualidad. Se inspira en la «Mano Vuelta», una práctica ancestral de ayuda mutua: «Si siembro maíz y necesito ayuda, la pido, y luego yo te ayudo a ti». Esa misma lógica de cuidados colectivos es la que aplican hoy para garantizar que mujeres indígenas y afromexicanas tengan acceso a un aborto seguro, acompañadas y lejos de la criminalización.
Para Guillermina, el aborto no es un concepto «moderno» o importado. Es parte de la historia de las comunidades.
«Como mujeres indígenas, tenemos en nuestras memorias conocimientos; nuestras abuelas ya practicaban abortos utilizando plantas y con una cosmovisión de ayuda mutua», relata.
Al recuperar este saber, la organización enfrenta las narrativas de culpa que han intentado imponerse sobre los cuerpos de las mujeres.
Aunque Oaxaca despenalizó el aborto en 2019, la realidad en el campo es distinta. Guillermina denuncia que la ley es insuficiente si no hay presupuesto ni pertinencia cultural:
- Falta de cobertura: En un estado de 570 municipios, solo hay 14 unidades de salud con servicios de aborto seguro.
- Barrera lingüística: No hay materiales informativos en lenguas indígenas ni intérpretes en las unidades de salud.
- Objeción de conciencia: El personal de salud a menudo se niega a prestar el servicio, dejando a las mujeres en la desprotección.
Desde Mano Vuelta AC, el mensaje es claro: no se puede hablar de salud reproductiva sin hablar de defensa del territorio. «Sin acceso al agua, no es posible tener una menstruación digna ni ejercer el derecho a la salud», explica Guillermina.
En un contexto de militarización y crimen organizado, ser defensora de derechos en México es una labor de alto riesgo. Sin embargo, la red de acompañantas indígenas sigue creciendo, llevando medicamentos y calidez humana en sus propias lenguas, llenando los huecos donde el Gobierno ha decidido no estar.
«Seguiremos avanzando. No hay vuelta atrás», sentencia Guillermina. La humanidad, dice, siempre debe ganar.
Texto tomado de Amistía Internacional






