Por: Estela Melka Ben-Ami.

Cali, Colombia., a 13 de agosto del 2026.-  Bajo un sol inclemente que superaba los 35 grados y entre el polvo de los edificios colapsados, la capital del Valle del Cauca demostró que la resiliencia y la humanidad más profunda brotan precisamente cuando las estructuras materiales se derrumban. A días del sismo de magnitud 7.4 que sacudió con fuerza a Colombia, la respuesta ciudadana en Cali se ha convertido en el verdadero motor de esperanza frente a una emergencia que ha enlutado a la región.

El movimiento telúrico, registrado el pasado 10 de agosto, dejó una estela de devastación severa, especialmente en zonas del occidente del país y en la propia Cali. De acuerdo con los reportes oficiales de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), la cifra de personas fallecidas ascendía a 132, con 238 desaparecidos, más de 2,500 lesionados y unas 36,000 personas afectadas de manera directa en el departamento.

Sin embargo, detrás de las estadísticas se encuentran historias humanas desgarradoras. Como la de Víctor Manuel Rodríguez, quien se encontraba en el sexto piso de un edificio cuando los cristales estallaron y la estructura comenzó a venirse abajo. Tomando a su perrita en brazos, logró salir ileso por las escaleras para después enfilarse hacia el sur de la ciudad con una linterna, guantes y herramientas de senderismo, no para huir, sino para unirse a las brigadas improvisadas de rescate en la zona de Capri, donde buscaba incansablemente a una conocida.

“Es desgarrador ver sacar cuerpos sin vida y también es como un subidón de energía y un golpe de humanidad cuando se rescata a alguien”, relata Víctor al rememorar las horas de silencio absoluto exigidas por los rescatistas cada vez que los detectores captaban un posible signo de vida bajo el concreto.

La movilización civil en Cali rompió con cualquier barrera social. Desde el primer minuto, miles de habitantes salieron a las calles organizados por el instinto de supervivencia colectiva. José Daniel Hernández recorrió la ciudad recolectando gasolina para los equipos de corte, baterías y herramientas pesadas, prefiriendo la acción directa al peso de la espera.

Por su parte, Jeimmy Celemín atestiguó cómo jóvenes, adultos y personas de la tercera edad se volcaron a las calles comprando agua, alimentos y suministros médicos de su propio bolsillo para mitigar las extenuantes jornadas de los bomberos y voluntarios bajo temperaturas extremas.

Incluso los espacios destinados a la cultura sufrieron una transformación obligada. La emblemática Ciudadela del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, cuya celebración anual fue interrumpida por la tragedia, dejó de lado la música y las artesanías para convertirse en un gran centro de acopio y distribución de ayuda humanitaria dirigida tanto a los damnificados locales como a comunidades de alta vulnerabilidad en el Chocó y Buenaventura.

Mientras los equipos especializados locales e internacionales continúan peinando los escombros en busca de sobrevivientes, la ONU ha desplegado recursos a través de agencias como la Organización Panamericana de la Salud y una asignación inicial de cinco millones de dólares del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF), anunciada por el coordinador humanitario Tom Fletcher.

Para María José Torres Macho, Coordinadora Residente de la ONU en Colombia, el desafío inmediato tras el rescate será «reconstruir mejor», apostando por infraestructura resiliente, hospitales seguros y comunidades preparadas. No obstante, en las calles de Cali la lección más profunda ya está escrita: ante la adversidad, el tejido social se teje de vecino a vecino, demostrando que en los momentos más oscuros, la empatía y la solidaridad son los únicos cimientos verdaderamente sólidos.