Por: Sandra Dueñes Monárrez.

Ciudad de México., a 24 de abril del 2026.- El horror que sacudió la zona arqueológica de Teotihuacán no fue un brote de violencia casual, sino el resultado de una planeación gélida. La Fiscalía General de Justicia del Estado de México confirmó que el joven de 27 años que abrió fuego contra turistas —cobrando la vida de una ciudadana canadiense— poseía un perfil psicopático orientado a la emulación de agresiones violentas ocurridas en otros países.

Las investigaciones revelan que el agresor no actuó por impulso. De acuerdo con el fiscal José Luis Cervantes Martínez, el atacante realizó múltiples labores de reconocimiento, hospedándose en hoteles cercanos y estudiando el flujo de visitantes. El día del ataque, arribó en un vehículo de aplicación con un objetivo claro: turistas extranjeros.

El saldo es de 13 personas lesionadas, siete de ellas por proyectil de arma de fuego, y el fallecimiento de una mujer canadiense. El agresor, tras ser herido en una pierna por la Guardia Nacional, decidió quitarse la vida en el lugar, cerrando así el círculo de una agresión que las autoridades han catalogado como un acto de un «lobo solitario».

A pesar de que la presidenta Claudia Sheinbaum descartó vínculos con la delincuencia organizada, el evento ha encendido las alarmas internacionales. El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, aseguró que la seguridad para el próximo Mundial de Fútbol está «garantizada», pero la realidad obligó a un despliegue inmediato de la Guardia Nacional en todas las zonas arqueológicas del país.

Este fenómeno de «imitación» de masacres, común en otras latitudes, representa un nuevo y complejo desafío para el Estado mexicano, que ahora debe blindar sus joyas culturales no solo contra el crimen común, sino contra perfiles psicológicos impredecibles que buscan notoriedad a través de la tragedia.