Por: Sandra Dueñas Monárrez

Chihuahua, Chih., a 24 de octubre del 2026.- Hay fábulas que la sociología política debería recetar de cabecera para explicar la tragedia de los partidos. Una de las más afiladas es la de la «trampa de las ratas»: un granjero arroja un cerdo a un pozo hondo; atraído por el cerdo, un grupo nutrido de roedores se precipita al fondo para devorarlo. Mientras hay carne, la fiesta continúa. Pero cuando el cerdo desaparece y las paredes del pozo se cierran, la verdadera naturaleza del encierro se revela. Sin salida y sin botín, las ratas empiezan a devorarse entre sí en una guerra intestina de supervivencia. Al final, solo una sobrevive, marcada por el horror del canibalismo. Y cuando el granjero la libera en el campo abierto, la bestia ya no busca semillas ni el sustento natural del entorno; su maña está deformada. Sigue cazando ratas.

Esa postal de miseria y destrucción mutua es exactamente la radiografía que hoy padece el Partido Acción Nacional (PAN) en Chihuahua.

Donde el «pozo» institucional se ha convertido en el escenario de una disputa feroz por los despojos de las candidaturas clave, las cuotas de poder y la alcaldía de la capital. Alrededor de ese cebo se lanzaron las distintas facciones, ignorando que el verdadero peligro no era el adversario histórico, sino la trampa en la que ellos mismos decidieron meterse.

Lo que hoy atestiguamos en el blanquiazul no es un debate ideológico ni una renovación democrática; es un feroz canibalismo de cúpula. Por un lado, las bases y los liderazgos tradicionales —hartos de ver cómo el partido se vacía de principios— denuncian el asedio de un «círculo rojo» de operadores y asesores externos que operan desde el confort del poder. Personajes ajenos a la mística estatal, bautizados sin filtro por la militancia como los «hijos del apocalipsis» (con Roberto Gil y compañía a la cabeza), dictan agendas y pausan definiciones electorales al capricho de sus mediciones, bloqueando perfiles competitivos y apostando por imposiciones a la medida.

El resultado de esta lógica es el fuego amigo permanente. Las tribus panistas se consumen a sus propios cuadros, dinamitan su competitividad histórica y prefieren entregar la plaza desde adentro antes que ceder espacios. Es la rata devorando a la rata en el fondo del pozo.

Pero lo más grave de esta parábola no es el festín macabro del encierro, sino la secuela: el depredador condicionado. Los operadores políticos que se forman en la escuela de la traición interna, del golpe bajo y de la demolición de sus propios aliados pierden la capacidad de hacer política de tierra y de conciliación. Una vez que la «maña» de la grilla destructiva se vuelve su única naturaleza, ya no saben construir partido. Al dejarlos libres en el campo político, no buscan sumar ciudadanos; siguen persiguiendo y devorando a los suyos.

El PAN en Chihuahua se encuentra ante el espejo de esa trampa. O las bases logran romper los barrotes del pozo y sacuden a los mercenarios de la política que llegaron a hipotecar las siglas, o el blanquiazul terminará siendo gobernado por el instinto de una jauría que solo sabe sobrevivir destruyendo lo que toca.