Por: Sandra Dueñes Monárrez

Chihuahua, Chih., a 22 de febrero del 2026.- Mientras el mundo observa las imágenes de los helicópteros y el despliegue militar tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes alias “El Mencho” líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) existe otra realidad que no se mide en capturas, sino en excavaciones.

Detrás del imperio del terror que dejó a su paso este líder criminal queda un rastro de miles de hogares vacíos y un suelo que, en el occidente del país, se convirtió en un cementerio clandestino más grande de México y donde expertos internacionales han advertido que la identificación de los más de 52 mil cuerpos encontrados en fosas clandestinas tardaria hasta 120 años.

Bajo ese contexto, la caída de un líder criminal del CJNG no garantiza la paz, y mucho menos la justicia para quienes buscan a los suyos pues tras el hallazgo de una fosa clandestina es apenas el inicio de un calvario burocrático y forense.

En México, no existe un plazo fijo para la identificación de cuerpos; el proceso puede tardar meses o incluso décadas, enfrentando una crisis forense sin precedentes por la falta de protocolos, personal e infraestructura adecuados.

Para las familias que hoy esperan que la captura de los operadores del «Mencho» arroje luz sobre sus desaparecidos, esta cifra es la sentencia de una espera que parece no tener fin.

Bajo el dominio del «Mencho», Jalisco se consolidó como el estado con la mayor crisis de desapariciones en México. Según datos de colectivos de búsqueda, la entidad suma más de 15,000 personas desaparecidas, una cifra que creció exponencialmente a la par del poder del CJNG. Municipios como Tlajomulco de Zúñiga y Zapopan dejaron de ser solo zonas habitacionales para convertirse en puntos donde las «casas de seguridad» funcionaban, en realidad, como centros de exterminio.

El rastro del CJNG no se limita a enfrentamientos. El grupo criminal perfeccionó métodos de desaparición para garantizar la impunidad. Desde el uso de sustancias químicas para disolver restos, hasta la creación de fosas masivas en zonas de difícil acceso como La Barca y el «Corredor de la Muerte» entre Jalisco y Michoacán.

Colectivos como las Madres Buscadoras han señalado que el cártel no solo arrebataba la vida, sino el derecho de las familias a tener un lugar donde llorar a sus muertos. «El Mencho no solo mataba; borraba», señalan activistas que han dedicado años a recorrer cerros con varillas y palas.

La caída del líder del CJNG abre una ligera esperanza para los miles de padres y madres que buscan respuestas. Con la detención de mandos cercanos en el operativo de Tapalpa, surge la posibilidad de que la información fluya.

Para las familias de los desaparecidos, la justicia no termina con un líder abatido; la justicia comienza cuando se entrega la ubicación de las fosas. La caída del Mencho es el fin de un capo, pero para miles de mexicanos, la búsqueda de la verdad apenas comienza.

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