Por: La Redacción.

Taunsa, Pakistán., a 1 de mayo del 2026.- Mohammed Amin tenía ocho años cuando su cuerpo cedió ante una fiebre que describía como «aceite hirviendo». Su muerte no fue producto de una enfermedad incurable del destino, sino de una crisis de salud provocada por el hombre. Tras su partida, su hermana Asma, de 10 años, recibió el mismo diagnóstico: VIH positivo. Ambos, según sus familias y expertos médicos, contrajeron el virus en el lugar que debía curarlos: el hospital público THQ Taunsa.

Una investigación profunda de BBC Eye ha revelado que entre noviembre de 2024 y octubre de 2025, al menos 331 niños dieron positivo al VIH en esta localidad de la provincia de Punyab. El dato más alarmante es que la mayoría de sus padres son seronegativos, lo que descarta la transmisión vertical y apunta directamente a las prácticas de inyección inseguras dentro de los centros hospitalarios.

A pesar de las promesas gubernamentales de «medidas drásticas», grabaciones encubiertas realizadas a finales de 2025 muestran una realidad aterradora. En 32 horas de filmación, se documentó al personal médico reutilizando jeringuillas y administrando medicamentos de viales contaminados a múltiples niños.

Expertos en enfermedades infecciosas advierten que incluso cambiando la aguja, el «cuerpo» de la jeringuilla conserva el virus, actuando como un vehículo de transmisión directa al torrente sanguíneo. A esto se suma el desprecio por los protocolos básicos: personal inyectando sin guantes, viales abiertos en superficies contaminadas y enfermeras rebuscando en contenedores de residuos sanitarios con las manos desnudas.

El Dr. Qasim Buzdar, actual director del hospital, ha calificado las evidencias como «montajes», insistiendo en que el hospital es seguro. Sin embargo, informes de organismos internacionales como UNICEF y la OMS respaldan las denuncias, citando la falta de medicamentos esenciales y la «higiene de manos descuidada» en las salas de urgencias pediátricas.

La crisis en Taunsa no es un evento aislado. Se asemeja al brote de 2019 en Ratodero, donde más de 1,500 niños resultaron infectados bajo circunstancias similares. Los analistas sugieren que la raíz del problema es una combinación peligrosa de presiones sistémicas:

  • Cultura de la inyección: Pakistán tiene una de las tasas más altas de inyecciones innecesarias en el mundo.
  • Escasez de insumos: Los hospitales públicos operan bajo cuotas estrictas, lo que lleva al personal a «recortar gastos» reutilizando suministros desechables.

Para los sobrevivientes como Asma, el virus es solo el inicio del calvario. En una sociedad donde el VIH carga con un estigma profundo, los niños infectados son aislados. «Los demás niños no juegan conmigo», relata la pequeña, quien irónicamente sueña con ser médica cuando sea mayor, con la esperanza de que nadie más tenga que pasar por su dolor.

Mientras el gobierno federal asegura haber implementado medidas de control, el brote sigue expandiéndose a ciudades como Karachi. La tragedia de Taunsa queda como un recordatorio brutal de que, en un sistema de salud quebrado, la aguja que promete vida puede, en realidad, estar sembrando la muerte.

Con información de la BBC.