Por: Sandra Dueñes Monárrez

Ciudad de México., a 20 de julio del 2026.- Mientras las luces del Mundial 2026 se apagan, el Gobierno Federal ha comenzado a capitalizar políticamente la experiencia de la justa deportiva. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo presumió este domingo una serie de felicitaciones de alto nivel —provenientes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y el rey de España, Felipe VI— quienes, según la mandataria, quedaron maravillados con la capacidad de México para recibir al mundo.

Durante su balance tras la clausura, donde compartió palco de honor con estos dignatarios, Sheinbaum aseguró que la hospitalidad, la alegría de la afición y el desempeño de la Selección Nacional fueron los temas centrales de las conversaciones diplomáticas. «Todos hablaron de lo bien que lo hizo México», afirmó la presidenta, subrayando el éxito de la imagen proyectada al exterior.

Sin embargo, detrás de los elogios protocolares en el palco, persiste una brecha profunda. Mientras la administración presume el éxito logístico y la «alegría» vivida en los estadios, en los territorios de a pie la narrativa es otra. El gobierno parece ignorar que un evento deportivo de esta magnitud no puede ocultar las deficiencias que persisten en seguridad, infraestructura pública y bienestar social, áreas donde las felicitaciones internacionales no tienen impacto alguno.

Es común que en la diplomacia de alto nivel los jefes de Estado mantengan un tono amable y celebratorio; es parte del protocolo internacional. No obstante, elevar esas cortesías diplomáticas a la categoría de un «logro de gobierno» resulta, cuando menos, una simplificación peligrosa.

El éxito de la organización mundialista —en gran medida fruto del esfuerzo de la ciudadanía y no necesariamente de la eficacia gubernamental— no debería servir como cortina de humo. La capacidad para organizar una fiesta internacional no borra la crisis de seguridad que atraviesan los estados, el deterioro de los servicios de salud o la falta de infraestructura hídrica que tanto aqueja a los mexicanos.

La presidenta Sheinbaum busca que el recuerdo de los aficionados y la satisfacción de los visitantes avalen su gestión, pero el verdadero examen de su gobierno no se mide en un palco con reyes y presidentes, sino en la calidad de vida que queda después de que se retira la atención mediática mundial. México demostró una vez más que su gente tiene corazón y capacidad, pero queda la duda: ¿cuándo recibirá la ciudadanía, dentro de sus propias casas y colonias, el mismo nivel de atención y «buen desempeño» que recibieron los turistas durante estas semanas?