Por: Sandra Dueñes Monárrez

Caracas, Ven., a 20 de julio del 2026.- A casi un mes del doble sismo de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudió el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, la tragedia sigue cobrando vidas. Las autoridades nacionales elevaron este domingo a 5,208 el número de fallecidos, tras confirmar 89 nuevas víctimas en las últimas horas. Esta cifra consolida el evento como una de las catástrofes naturales más devastadoras en la historia reciente de la nación.

El informe, presentado por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, mantiene la cifra de heridos en 16,740, mientras que 17,907 personas permanecen en situación de calle al haber perdido sus hogares. Actualmente, más de 23,800 personas sobreviven en 107 campamentos temporales, a la espera de soluciones habitacionales definitivas.

La infraestructura urbana ha sido el reflejo más cruel del desastre: 190 edificios colapsaron por completo y 856 más sufrieron daños estructurales de diversa gravedad. A esto se suma el desafío logístico de remover más de 2.1 millones de toneladas de escombros, un volumen que, según estimaciones del Gobierno y el PNUD, complica las labores de reconstrucción en Caracas, La Guaira y las zonas aledañas.

Mientras el Ministerio de Ecosocialismo promueve planes de “fitorremediación” y reordenamiento territorial en la costa de La Guaira, la crisis evoluciona de forma constante. La Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) ha documentado 1,388 réplicas desde el evento principal, lo que mantiene a la población en un estado de alerta y zozobra permanente ante la posibilidad de nuevos daños estructurales.

Más allá de las cifras, el panorama es complejo. Naciones Unidas ha proyectado que más de un millón de personas requerirán asistencia humanitaria sostenida durante los próximos meses. La interrogante que queda abierta es si la capacidad operativa y los recursos actuales serán suficientes para pasar de la atención de emergencia a una reconstrucción digna, especialmente ante una infraestructura que, según lo visto tras el colapso, evidenció vulnerabilidades críticas ante fenómenos de esta naturaleza.