
Por: Sandra Dueñes Monárrez.
Tlajomulco, Jal., a 7 de abril del 2026.- En el corazón de una región donde el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) impuso la ley de silencio, la tierra ha vuelto a hablar. Pero no lo hizo por voluntad de las autoridades, sino por la terquedad de quienes no se rinden: el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco.
Este martes 7 de abril, tras ocho meses de insistencia ignorada, la maquinaria pesada no removió tierra para construir el progreso, sino para desenterrar la tragedia. A una profundidad de entre uno y dos metros, en un predio que se extiende por 40 hectáreas de dolor, fueron localizadas siete bolsas con restos humanos. Siete bolsas que representan familias rotas y una deuda histórica de justicia.
El hallazgo en Tlajomulco destapa una alcantarilla de irregularidades. Índira Navarro, vocera del colectivo, lanzó una pregunta que quema: ¿Qué pasa con las constructoras que operan sobre cementerios clandestinos? Mientras los buscadores detectan puntos de interés entre el polvo y el miedo, las obras continúan, como si el cemento pudiera sepultar la verdad.
«Se decía que ya habían sacado restos y la constructora no decía nada», denunció Navarro. Es el mismo guion de impunidad que se ha repetido en otros puntos del estado, donde el desarrollo inmobiliario parece caminar de la mano con la omisión criminal.
Tlajomulco no es un escenario nuevo para el horror. Es una zona marcada por la presencia de hornos crematorios artesanales y campos de entrenamiento del CJNG, como el tristemente célebre Rancho Izaguirre. Aquí, la geografía ha sido modificada por el crimen organizado para convertirla en un depósito de ausencias.
El trabajo de los Guerreros Buscadores ha sido el único faro en esta oscuridad. Fue este mismo grupo el que alertó sobre las estructuras delictivas que involucraban incluso a funcionarios públicos, revelando que la maquinaria del «Mencho» no solo operaba con armas, sino con la protección del poder.
Las siete bolsas rescatadas son solo el inicio de un análisis detallado que podría durar semanas. En un predio de tal magnitud, cada metro cuadrado es una posibilidad y una angustia.
Esta no es solo una nota roja; es el retrato de un México que sobrevive entre fosas. Mientras la Fiscalía de Jalisco proporciona la maquinaria por presión social, los colectivos ponen el cuerpo, el alma y la esperanza de encontrar, aunque sea en restos, la paz que la violencia les arrebató. En Tlajomulco, hoy la tierra dejó de ser propiedad de los cárteles para volver a ser, por un momento, el lugar donde la verdad intenta salir a la luz.






