Por: La Redacción.

Washington, C.D., a 7 de mayo del 2026.- A tan solo cinco semanas del silbatazo inicial, una grieta inesperada ha surgido entre la Casa Blanca y la cúpula de la FIFA. El presidente Donald Trump, en un giro hacia su retórica de defensa de la clase trabajadora, calificó como «excesivos» los precios de las entradas para la Copa del Mundo, admitiendo que incluso bajo su estándar de magnate inmobiliario, los costos resultan prohibitivos.

La controversia estalló tras revelarse que los boletos para el debut de la selección de Estados Unidos frente a Paraguay en Los Ángeles rondan los mil dólares, una cifra que Trump confesó desconocer hasta su reciente entrevista con el New York Post. «Yo tampoco lo pagaría, para ser honesto», sentenció el mandatario, marcando una distancia pública con Gianni Infantino, presidente de la FIFA, con quien ha mantenido una relación de cercanía estratégica.

Mientras Infantino defiende el incremento —que representa casi diez veces el valor de los boletos en Qatar 2022— bajo el argumento de las «tasas de mercado» del entretenimiento estadounidense, Trump ha optado por el lenguaje del descontento social. Al mencionar específicamente a los residentes de Queens y Brooklyn, el presidente vinculó el acceso al deporte con la lealtad política, sugiriendo que la exclusión de sus votantes por motivos económicos representa una «decepción» institucional.

Más allá de la retórica política, el mercado turístico empieza a mostrar las cicatrices de esta inflación deportiva. Un reporte de la Asociación Estadounidense de Hoteles y Alojamiento (AHLA) revela que el volumen de reservas anticipadas se ha desplomado. El mercado parece estar rechazando la oferta de la FIFA, dejando a las ciudades anfitrionas en una incertidumbre financiera inesperada ante la falta de afluencia de la clase media.

Este choque pone de relieve una tensión fundamental en la organización del evento: la transformación de un fenómeno cultural global en un producto de lujo exclusivo. Al cuestionar la lógica de Infantino, Trump se posiciona nuevamente como el «defensor del hombre común» frente a los organismos internacionales, incluso cuando su propia administración opera bajo los mismos marcos de libre mercado que hoy critica.

La gran interrogante es si la presión desde la Oficina Oval obligará a un ajuste de último minuto en las políticas de la FIFA o si el Mundial 2026 será recordado como el torneo donde las gradas se llenaron de corporaciones, mientras los aficionados «que aman a Trump» se quedaron fuera del estadio.