Por: Sandra Dueñes Monárrez.

Chihuahua, Chih., a 25 de septiembre del 2026.-  En la entrega anterior abordábamos cómo el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) dejó de ser una organización rupestre para convertirse en un conglomerado corporativo de la simulación, expuesto implacablemente por el martillazo financiero de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro estadounidense, quien el pasado  23 de julio de 2026 ejecutó un golpe histórico contra más de 50 entidades y personas ligadas a esta organización criminal.

Sin embargo, tras el deslumbramiento de las listas negras, los comunicados oficiales y las cifras millonarias congeladas, queda flotando en el aire una pregunta incómoda, desgarradora y de urgente debate: ¿Qué pasa con los inocentes cuando se rompe el espejo de la economía criminal?

Pensemos por un momento en lo que hay detrás de las fachadas corporativas que el Departamento del Tesoro estadounidense enumera con tanta precisión quirúrgica. Gasolineras, constructoras, productoras agrícolas, licorerías y fábricas de calzado infantil. Negocios reales, tangibles, donde todos los días checa tarjeta gente real.

Más allá del fentanilo: la ingeniería financiera del CJNG y el colapso de la supervisión institucional

¿Qué culpa tiene el operario de la maquila, el contador que firmaba pólizas sin conocer el trasfondo de los accionistas, o el empleado de mostrador que lo único que busca al salir de casa es llevar el pan a la mesa de sus hijos? Absolutamente ninguna.

Sin embargo, bajo la lógica implacable de la «Regla del 50%» y el bloqueo de activos dictado desde Washington, el impacto dominó es devastador. De la noche a la mañana, las cuentas se congelan, las líneas de crédito mueren y las empresas fachada cierran cortinas. Para las agencias internacionales es un golpe maestro al lavado de dinero; para la economía local, es una bomba de tiempo social.

El trabajador se queda sin empleo, sin liquidación, con el estigma de haber laborado para una razón social boletinada y con los bancos cerrándole las puertas al ser catalogado, por simple ósmosis burocrática, como un riesgo financiero. ¿A dónde se supone que debe acudir ese sector de la población que nunca vio un dólar del narcotráfico, pero cuya subsistencia dependía de esa nómina?

Aquí es donde se desnuda la gran tragedia estructural de nuestro país. El Estado mexicano ha renunciado a su papel de rector y promotor económico en tantas regiones que, por omisión o complicidad, dejó que el capital del crimen organizado se convirtiera en el único motor de sustentabilidad para comunidades enteras.

Cuando el dinero del narcotráfico inyecta liquidez a plazas comerciales, paga aguinaldos y sostiene proveedores locales de insumos legales, se teje un pacto de silencio perverso. La sociedad tolera —a veces por miedo, a veces por mera supervivencia— la procedencia de los recursos porque el gobierno es incapaz de ofrecer alternativas de desarrollo formal.

Por eso, la embestida punitiva extranjera nos deja atrapados en un callejón sin salida ético y económico: o toleramos que la economía formal sea el gran lavadero de los cárteles para no colapsar el empleo, o permitimos que las sanciones internacionales desarticulen esas redes, provocando una crisis de desempleo y vulnerabilidad social que empuja a más familias a los brazos de la informalidad y la delincuencia.

Atacar las finanzas de los cárteles es una necesidad imperativa, sí, pero hacerlo a sombrerazos y a espaldas de la realidad laboral de nuestras regiones es una irresponsabilidad institucional imperdonable.

Mientras las fiscalías y las secretarías de desarrollo económico no entiendan que el combate al lavado de dinero debe venir acompañado de una política agresiva de rescate laboral, blindaje de trabajadores y sustitución de inversiones lícitas, seguiremos administrando cenizas.

Cortar la cabeza del monstruo financiero sin un plan de contingencia para proteger al eslabón más débil —el trabajador honesto— significa condenar a nuestras comunidades a elegir entre el hambre o la sombra del narco. Y en esa disyuntiva, el Estado, simplemente, nos ha vuelto a fallar.

Golpear al narco donde más le duele: la ruta del dinero que Washington y México prometen desmantelar